29.9.09

[él y sus franceses]




Procedió, ya emplazado en su nueva vida, en el altillo que era su nueva vida, a ordenar los libros.
Dispuso en el segundo anaquel los libros de poética francesa, y los abandonó, necesariamente allí, porque era el lugar que estaba a su alcance. Si leve se incorporaba de cualquier sitio extendiendo un brazo [garbos del equilibrio] lograba por su destreza el segundo anaquel, ahora sembrado por la poética francesa que, según él opinaba, era la mejor del mundo. Para ordenarlos, titubeó, ¿por laudo alfabético? ¿por colecciones? ¿color?, ¿lomo?, y resolvió, para sortear el desgaste de optar y gravitar su elección, adaptarlos al azar, cuidando de dejar los que le apremiaba leer, en primera hilera. Los libros se juzgaban conscriptos de un pelotón descabezado, y, advirtiéndolos, yo sentía innegable ternura hacia Musset. También por George Sand, en una publicación antigua en donde surgía perenne, como Jorge. Todos ellos en papel hendido, resquebrajado por un hircismo notable, por algas extirpadas de la trepadora, redimidos de las cloacas, legados por los familiares terribles y tuberculosos, para ser cedidos en mercadillos. Mercadillos, o el universo de los libros consumidos. En suma, todos estos libros, poseían tal fachada que llevaba a suponer que él no los abriría nunca y se desintegrarían de sólo ser mirados. Pero había algo peor. El pálpito oscuro, profundo, que él hubiera oído si no se hubiese empeñado en desoír, de que esos libros no los leería jamás.
Jamás son cosas que ocurren, porque de haberlo oído ¿quién sabe si no se puede huir del ajustado destino?. De modo que eran ahí, erguidos algunos, otros flemáticos, otros solicitando humanidad por ser leídos sólo como letras incomprensibles. Solamente pasar por las manos de él, que para los libros era como un amado prohibido. Él, poseía mañas, y también, delicadezas.Tenía tres, a veces hasta cuatro ejemplares de un mismo título en disímiles versiones e impresiones. Opinaba que así tropezaría, de frente, con el vigor del lenguaje francés, como si el espíritu del idioma francés fuera una fuga de bovinos fijada a demolerlo. Tres Madame Bovary. Expresaba que Bovary le agradaba, aún antes de haberla leído, y, quién sabe, puede que no, si no la embrollaría con Madame Mariposa, la que gastaba su calor esperando el regreso del amor entre llanto y beatitud. O quizás, para embrollarla más, con Madame Safó, aunque esta última, si bien algo afrancesada, de francesa, nada.
Otro caso, el de Antonio. Lo tenía como Antonio en una edición española, y como Antoine, traducido derechamente del francés por el señor apellidado como el árbol de las aceitunas.
[los editores recalcaban “derechamente del francés”, como si Constant hubiera solicitado ser oriental]

De más está decir, que él prefería a Antonio, por pura semejanza con las cosas añejas, la tipografía y puntuación antigua, los acentos en los monosílabos. Las añejas, esas que tan cadenciosas nos resultan. Si lograra optar, en la vida real, conversaría de líquidos para el respiro, de holgazanerías, con técnicas fuera de uso. Y, si lograra elegir más, aún más preferiría que el mundo fuera raso y estuviera mantenido en los omóplatos del musculoso, y no, que fuera como era, como es, anular, achatado, ancho y demorado.
También, me causó ternura, cuando entre la pila de literatura francesa, se deslizó un William para partirse sobre la madera, y leímos: “Os rugiré como un ruiseñor”.
Él me dijo que siempre se impresionó con esa frase, con su [musicalidad] [¿?].
En cambio a mí, lo que me impresionó, fue pensar en un pájaro con el pico abierto en ángulo llano, y pensar también el sobrado momento en que William escribió semejante estolidez.