Cuenta una leyenda, sí, una leyenda, esas en las que nadie cree, que Joaquín Sabina fue llamado para participar en la obra de Alejandro D., titulada [Lo que me costó el amor de Laura] y, al enterarse de la posibilidad de participación en la misma del espanto llamado [Les Luthiers], dio su no definitivo, no sin antes agradecer la invitación.Cuenta también la leyenda, sí, las que nadie cree, que Alejandro D. al ver que le faltaría un personaje, fue poseído de súbita desesperación, más allá de la desesperación que cualquiera sentiría al ver, y oír, que Joaquín Sabina dice no.
Ante semejante consternación, pensó rápidamente, es innegable que Alejandro D., además de pensar y hacerlo apócrifamente bien, piensa rápidamente, más o menos como Mauricio, un amigo de años, y la velocidad de su pensamiento, lo llevó a un nuevo nombre. Roberto, sí, Roberto Sánchez, o Sandro, de América, desde luego.
De ahí, el nacimiento de la opereta [Lo que me costó el amor de Laura], ciertamente maravillosa.
Y sí, sin el seductor, ni opereta, ni ópera ni opus, ni potus hubieran sido posibles.
Cuenta la leyenda, sí, las que nadie cree, que el amor de Laura, costó y posiblemente cuesta muchísimo más de lo que se supuso, supone y supondrá.
Por alguna extraña razón creo en las leyendas, en todas las leyendas, ésas, en las que nadie cree.